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LA BASILICA

Quien elige la Domus Sessoriana como hotel para sus vacaciones en Roma tiene la ocasión de alojar junto a uno de los lugares más antiguos y relevantes de la Cristiandad: la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, con sus dieciséis siglos de historia y la proximidad a la Archibasílica de San Juan de Letrán antigua sede papal.

Es una de las Siete Iglesias que los peregrinos romeros ya desde la Alta Edad Media visitaban en un único día en ocasión de la visita a las tumbas de San Pedro y San Pablo, itinerario religioso que en los años jubilares todavía se aconseja a quien va a Roma por devoción, también para conseguir las indulgencias.

Fue pensada para ser un Santuario, parecido a aquellos edificados en la era Constantiniana en Tierra Santa, porque si aquellos lugares habían visto la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, esta Hierusalem romana habría atesorado y ofrecido a la fe de los cristianos las Reliquias de la Cruz de Cristo, halladas por Elena, la madre de Constantino, en el monte Calvario: un fragmento de la Cruz, un Clavo, un trozo del Titulus Crucis y algunas Espinas. No es casualidad si Juan Pablo II, el 25 de marzo de 1979, durante su visita a la Basílica pronunció las siguentes palabras: "¡Aquí estamos en el verdadero Santuario de la Cruz!".

La iglesia, que data del siglo IV, fue realizada en una grande sala del Sessorium, palacio situado en las laderas de la colina del Esquilino que fue habitado a partir del siglo III por los últimos emperadores, desde Settimio Severo en adelante. Lo habitó también Elena, madre del emperador Constantino, cuyo nombre originó la denominación de la Basílica Heleniana, lugar de devoción inclinado desde un primer momento hacia la Cristiandad, como testimonian algunos restos arqueológicos.

En el siglo VIII la Basílica fue restaurada y en el siglo X fue edificado el anexo Monasterio, que albergó hasta el 2009 varias órdenes monásticas: los Benedictinos, los Canónigos de San Frediano, los Cartujos y los Cistercienses.

A mediados del siglo XII –por voluntad del Papa Lucio II– fue dividida en tres naves a las que siguieron la construcción de un pórtico, ya no existente, y el campanario románico claramente visible desde la terraza panorámica de la Domus Sessoriana.

Fue en el siglo XVIII que la Basílica adquirió un aspecto barroco, gracias a la intervención de los arquitectos Gregorini y Passalacqua quienes, por voluntad del Papa Benedicto XIV, erigieron la nueva fachada y el atrio ovalado, elemento arquitectónico típico del estilo borrominesco. En la parte superior de la fachada están colocadas las estatuas de los cuatro Evangelistas, de Santa Elena y de Constantino; mientras que en el centro se alza la Cruz adorada por dos ángeles.

La Basílica atesora obras de arte de gran valor: los frescos medievales en el desván; el pavimento de estilo cosmatesco, ornamentación característica de los marmolistas romanos de los siglos XII y XIII, realizado con teselas de mármol polícromas; el ábside decorado con el ciclo pictórico atribuido a Antoniazzo Romano –uno de los principales exponentes de la escuela romana del Renacimiento– con las Historias de la Vera Cruz, en las que al centro está representado el Cristo bendecidor al tiempo que muestra el Evangelio y en la parte inferior el descubrimiento de las reliquias de la Cruz; los lienzos de Raffaele Vanni, Luigi Garzi, Carlo Maratta, Giuseppe Passeri y Corrado Giaquinto.

Parte de los frescos originales está custodiada en el Museo, mientras que algunos lienzos están expuestos en el ojo de la escalera del Ala Conventual de la Domus Sessoriana.

Detrás del ábside hay dos capillas: la de la izquierda consagrada a San Gregorio y la de la derecha a Santa Elena. Esta capilla, el antiguo Cubiculum Sanctae Helenae, era –según la historia– la habitación particular de la emperadora en el Sessorium, donde han sido atesoradas las Reliquias por más de mil años y bajo cuyo pavimento había sido derramada la tierra del Calvario que la Santa había trasladado a Roma.

Las paredes de la Capilla están adornadas con un ciclo de frescos dedicados a la Vera Cruz y ejecutados por Niccolò Circignani, apodado el Pomarancio (siglo XVI); la bóveda está revestida de un precioso mosaico, en el que se representa una vez más el Cristo bendecidor, los Evangelistas y episodios relacionados con la Cruz. Este mosaico, que data también del siglo XVI y que fue realizado por Baldassarre Peruzzi, tal vez según diseño de Melozzo da Forlì, revela por primera vez el papagayo y el tucán.

En su interior, la capilla contiene una estatua de Santa Elena, copia de la Juno vaticana, a la que han sido oportunamente agregados los símbolos de la Pasion.

LAS RELIQUIAS

En el año 326 Elena, madre del emperador Constantino, viajó a Palestina; las fuentes discrepan sobre el motivo del viaje: una misión de inspección en las Iglesias de Oriente por cuenta de su hijo o solo el deseo de realizar un peregrinaje. En el Gólgota, dejándose guiar por el texto evangélico, encontró el Titulus que Pilato mandó fijar sobre la Cruz de Cristo y envió una parte a Roma, en su palacio, originando así un lugar de culto muy venerado por toda la Cristiandad, a partir del cual surgirá la actual Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén.

Por más de un milenio las Reliquias de la Pasión del Señor fueron atesoradas y veneradas en la capilla dedicada a Santa Elena en la delantera de la Basilica.

En el año 1570, para favorecer una correcta conservación, Pio V autorizó el traslado de las Reliquias a un local más seco, alcanzable solo desde el Monasterio y por lo tanto no accesible a las mujeres que deberían haber violado la clausura de los religiosos, prohibición abolida solo en el año 1935.

Durante el Año Santo de 1925, para facilitar el acceso a los peregrinos, fueron colocadas en una capilla más amplia, obtenida de la Sacristía de la Basílica, a saber, en el actual Santuario de la Cruz. El arquitecto Florestano de Fauno, encargado del proyecto, construyó un verdadero recorrido de catequesis sobre la Pasión y la Muerte de Jesucristo, en un hipotético viaje al Calvario: se recorren, pues, las estaciones de la Via Crucis, citas y símbolos de la Biblia, hasta llegar a visualizar las Reliquias, atesoradas en 6 preciosos relicarios, realizados a lo largo del siglo XIX y hoy conservados en un climabox, y una capilla que desde el 2002 custodia una copia de tamaño natural del Sudario.

Las Espinas

La Basílica atesora dos espinas que se supone que sean de la Corona de Jesús, ya veneradas en Constantinopla en la época de Justiniano.

Las dos Espinas de la Corona son parecidas a las atesoradas en otros relicarios: derechas, leñosas, puntiagudas y largas aproximadamente 3,5 cm.

A lo largo de los años la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén ha recibido la donación de otras Reliquias, tales como algunos fragmentos de la gruta de Belén, del Santo Sepulcro y de la columna de la Flagelación, el Patibulum del Buen Ladrón y la falange del dedo de Santo Tomás .